A Jesus de Nazaret, por Manuel Rodriguez de Castro

El Hijo del Hombre ha muerto. Ha sido crucificado de nuevo, como cada año desde hace 2000 años en una cruz.
Las cosas han sido similares a como han sido siempre y seguirán siendo.
Ha muerto en la más absoluta incomprensión y una notable soledad.
Muchos creemos que este episodio va a tener su momento de reivindicación política el próximo Domingo, cuando resucite de entre los muertos.
Sabemos que es un hito increíble para millones de seres humanos y no es de extrañar. Pero es una verdad contrastada. Jesús se reconstruye a sí mismo cada año en ese momento y con el a su Iglesia que, a pesar de todas sus broncas y problemas, se reivindica una y otra vez como única voz de Cristo para los que sufren y sufrirán sin más palabras de consuelo que las que el Nazareno dió en sus Bienaventuranzas y las sonrisas y trabajos de laicos y sacerdotes en las parroquias próximas y lejanas del mundo, hasta la más escondida de las misiones africanas.
Ha muerto hoy, de nuevo, el más inocente de los reos de muerte de la Historia. No se cansa de morir cada año este buen hombre de 33 años en la carne y el infinito en el espíritu.
Voy a tomar su ejemplo para no quejarme de mi suerte, no apartar de mi el cáliz amargo que me toca beber y estar presente el día de la resurrección celebrando su triunfo y el mío, más humilde, pero también del hijo de un hombre que, sin santidad, busca tocar el borde de su manto para lavar unos pecados que pesan como la cruz que cargó hasta el Gólgota

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